Un tributo pequeño y modesto a la obra de la nación cubana

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El Dr. Eusebio Leal Spengler, historiador de La Habana, pronuncia las palabras centrales durante la reapertura del Teatro Martí, en La Habana, Cuba, el 24 de febrero de 2014. AIN FOTO/Roberto MOREJÓN RODRÍGUEZ/

Palabras pronunciadas por Eusebio Leal Spengler, Historiador de la Ciudad de La Habana, en el acto de reinauguración del Teatro Martí, el 24 de febrero de 2014, “Año 56 de la Revolución”

General Presidente Raúl Castro Ruz; Compañero Miguel Díaz-Canel, primer vicepresidente del Consejo de Estado y de Ministros; Compañeros vicepresidentes del Consejo de Estado y de Ministros; Honorable Cuerpo Diplomático; Personalidades del mundo de la Cultura y del Arte; Señoras y señores; Distinguidas amigas y amigos:

Un día como hoy, hace 119 años, comenzaba en toda la Isla el movimiento emancipador, dirigido en cuerpo y alma por José Martí, reconocido por la emigración y por el pueblo como el Apóstol de la independencia de Cuba. Asistido firmemente por los viejos luchadores que no se resignaban a ver la patria despojada de sus derechos, emprendió una lucha que culminaría cuatro años más tarde, en 1899, y que sería una de las gestas más relevantes de la historia del pueblo cubano en su camino hacia la conquista de la libertad y soberanía plenas.

El mismo año de su comienzo, en 1895, el alto precio de aquella lucha arrebató la vida de Martí. Nunca será suficiente el tributo de aquellas, de estas y de las venideras generaciones al hombre que supo unir, inspirar, movilizar y apuntalar la fe de quienes creyeron en la posibilidad soñada y diseñada por él. Le acompañaron viejos soldados y dirigentes de la Revolución gloriosa de 1868, iniciada por el Padre de la Patria y fundador de la nación cubana, Carlos Manuel de Céspedes, el 10 de Octubre, en su ingenio Demajagua.

En pocos días recordaremos su inmenso sacrificio. Allá en lo alto de la sierra, en un lugar llamado San Lorenzo, ofrendó su vida, sentando las bases, el ejemplo y, al mismo tiempo, la amarga lección de que la desunión solamente haría posponer la posibilidad de alcanzar los magnos objetivos.

En 1884, cuando se inauguró este teatro gracias al noble esfuerzo de un inmigrante español, don Ricardo Irijoa, aún no se había abolido la esclavitud. Esto ocurriría, por Ley de las Cortes, dos años después, en 1886, y fue novedad que este teatro, el cual llevaba el nombre de su inspirador, admitiese la presencia de personas no solamente blancas, sino también mestizas y de color, como se decía entonces. Ellos eran relativamente libres en el seno de aquella sociedad tan compleja, donde ya estaban sentadas las bases de un legado cultural importante, fundamental, que sobreviviría al colapso de la colonia y que alumbraría los próximos años.

El 17 de enero de 1899, ya terminada la guerra emancipadora, se retira el nombre de Irijoa para llamarlo Teatro Martí. Es el momento cuando, en las calles habaneras y otros lugares de Cuba, comienza a rendirse tributo al héroe, al apóstol, al maestro, al poeta, al político, al orador insigne… Fundado en la tradición, el concepto martiano de «patria» había superado la dulce palabra de los poetas, encarnando en el sacrificio de los mártires y protomártires de la causa de la libertad, en la rebelión callada y sufrida de centenares de miles de esclavos, en los patriotas del exilio sumidos en la tristeza de la lejanía, en el silencio de cada hogar…

Ese mismo año, el 24 de febrero de 1899, entraba en La Habana el Ejército Libertador, tratando de consolidar el triunfo que legítimamente había alcanzado. El Generalísimo Máximo Gómez, desde sus bases operativas en el centro del país, había decidido avanzar hacia occidente por el camino central de Cuba e ingresar en la capital. Llegó a La Habana por la Calzada de Jesús del Monte, hoy del Diez de Octubre, y al día siguiente, 25 de febrero, en el palco principal de este teatro, el Generalísimo, rodeado del generalato y demás personalidades que le acogieron, presidió una función de homenaje a la supuesta libertad conquistada.

Un año después, en 1900, en este mismo teatro, se inicia otro acontecimiento que debemos siempre recordar: la celebración de la Asamblea Constituyente. Fue entonces cuando varios de sus miembros se opusieron a la enmienda constitucional que el gobierno de Estados Unidos imponía a la naciente República, invalidando todos sus actos soberanos. Otro grupo, en cambio, se pronunció por aceptarla, sobre la base de que podría derogarse en fecha posterior.

Entre aquellos primeros, los que no se resignaban a dejarse arrebatar de antemano la soberanía conquistada, dos voces fundamentalmente se escucharon en este recinto. Una fue la del exmarqués de Santa Lucía, Salvador Cisneros Betancourt, mayor general del Ejército Libertador y presidente de la República en Armas en su día, el cual se opuso terminantemente a tal apéndice constitucional.

La otra fue de Juan Gualberto Gómez, nacido hijo de esclavos en Sabanilla del Encomendador, en la provincia de Matanzas, en el ingenio Vellocino de Oro. Devenido letrado en Francia, este había servido como traductor del vicepresidente Francisco Vicente Aguilera durante su visita perentoria a ese país en busca de apoyo a la causa de Cuba. Ambos patriotas, Salvador Cisneros Betancourt y Juan Gualberto Gómez, se opusieron rotundamente a la Enmienda Platt; por eso sus nombres resuenan todavía en nuestros oídos.

Otros hechos demuestran cómo en este teatro han marchado al unísono la historia de la cultura y la historia de las reivindicaciones sociales y políticas. Así, en 1891, aquí se reunió la clase obrera con sus dirigentes para celebrar, por vez primera en Cuba, el Primero de Mayo. Al año siguiente, y con el pretexto de que los trabajadores no expresaran en la vía pública sus reivindicaciones, el gobierno autorizó que fuera celebrado en este mismo recinto un segundo acto. A ello súmese que, en vísperas de la Constituyente, Diego Vicente Tejera aprovechó esta misma tribuna para crear el Partido Socialista Cubano. De modo que el año 1899, como decíamos, fue proverbial. Cultura, política y reivindicaciones marchaban juntas.

Al hacer este recuento, casi cinematográfico, nuestra memoria nos lleva al momento de fantasía cuando, en 1897, fue incorporado el invento de los Lumière al programa de este teatro, hasta ese momento consagrado básicamente al repertorio vernáculo. Durante el siglo XX, ya con su nuevo nombre, fue el escenario propicio para desarrollar tres aspectos fundamentales del arte cubano: primero, la tradición musical que se había consagrado y que tenía ahora en Moisés Simons, en Eliseo Grenet, en Jorge Anckerman, en Rodrigo Prats, en los jóvenes Gonzalo Roig o Ernesto Lecuona… sus nuevos y grandes intérpretes y creadores. Al mismo tiempo, el teatro vernáculo y la comedia bufonesca recreaban los temas de la calle, incluyendo la sátira política, en la cual se enfrentaban teatralmente los personajes de la sociedad cubana. Para el de-sarrollo de ese género fueron importantes Alberto Garrido, Carlos Pous, Esperanza Iris, Luz Gil, Blanca Becerra, Candita Quintana, José Sanabria, Aníbal de Mar, Mimí Cal, el gallego Otero, Alicia Rico… y, un poco antes, la bella Chelito, recordada siempre en La Habana. Más cerca de nosotros, como hemos visto en las imágenes proyectadas, tenemos el perfil de Rita Montaner, llamada con razón «La única», distinguiéndola entre los grandes artistas cubanos de todos los tiempos. Aquí se estrenaron, entre otras, las obras emblemáticas: Cecilia Valdés; La perla del Caribe; Rosa la China; Amalia Batista; María Belén Chacón… También este escenario fue cuna de nuevos actores y actrices: Esther Borja, Bola de Nieve, el maestro Luis Carbonell, Rosita Fornés, Orlando de la Rosa, René Cabel…

Directores de gran envergadura jalonaron la historia de este teatro, desde toda una familia Robreño hasta mi inolvidable amigo Enrique Núñez Rodríguez. Con ellos, en medio de un teatro destruido y condenado a desaparecer, celebramos aquí, entre ruinas, el primer centenario en 1984. Enrique, a quien recuerdo en nuestro último diálogo, ya enfermo, me dijo que quizás le sobreviviría Robreño, que no era inmortal, pero era «inmorible». Por eso, estaría seguramente el día que habría de llegar. Ese día es este, y, aunque ninguno de los dos está físicamente, ya forman parte de la gloriosa cultura de nuestra patria. He querido mencionar especialmente sus nombres; sus espíritus nos acompañan.

La reinauguración del teatro es un tributo pequeño y modesto a la obra de la nación cubana. Agradezco al líder histórico de la Revolución, quien tuvo la visión, en aquel memorable Congreso de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, de plantear resueltamente que la cultura era lo primero que teníamos que salvar. Y lo cierto es que la cultura ha marchado siempre paralela al gran desafío histórico que supone la nación, su vida, sus propósitos, sus sueños, sus esperanzas actuales y futuras.

A nuestro General Presidente, mi especial y sentida gratitud. Usted bien sabe el sacrificio que la nación hace para poder realizar tales cosas. En torno a este mismo teatro, otras numerosas obras manifiestan claramente ese espíritu y esa voluntad. Se levanta el Capitolio Nacional, símbolo de toda una historia del país, futura sede de nuestra Asamblea Nacional, con los hemiciclos para sus propias sesiones y las del Consejo de Estado. No lejos, también se restaura el Gran Teatro, conocido como la Taza de Oro, y otros notables edificios del área van recuperando su valor patrimonial. Con esto la nación agradece que la Isla tenga inscritos en el índice del Patrimonio Mundial numerosos sitios históricos, al mismo tiempo que estimula la conservación de sus espacios naturales, contribuyendo todo ello a la exaltación de la educación, la dignidad nacional y el espíritu radiante e invencible de Cuba.

¡Gracias a nuestra patria por este día!

Agradezco, sentidamente, a todos. Los colaboradores míos han recibido esta mañana mis excusas por no mencionar sus nombres; los abnegados trabajadores que durante largos años lucharon por el teatro. Cuando se detuvo la obra, poco antes de 1983, nos parecía imposible. Cuando poco después fue recomenzada, nos sentíamos igual, ya que el tiempo parecía consumar su obra destructora. Sin embargo, otra vez retomado el proyecto, poco antes del año 2000, a partir de entonces la fe no decayó: piedra a piedra, luceta a luceta, detalle a detalle… se trabajó hasta conseguirlo. Este es el fruto del amor infinito de los trabajadores que lucharon por el teatro.

Agradezco a la digna trabajadora que ha sido la maestra de obras. Agradezco a los inversionistas, a los arquitectos, a los técnicos de proyectos, a sus ejecutores… Agradezco a los restauradores de todas las artes, a los jóvenes, ellas y ellos, de la Escuela Taller Melchor Gaspar de Jovellanos, que no solo contribuyeron decididamente a la parte decorativa, sino que prestaron su empeño a restaurar la escuela vecina, la escuela Doña Concepción Arenal. Agradezco al Ministerio de Cultura y, en particular, a la Dirección de las Artes Escénicas por haber puesto a disposición de la Oficina del Historiador y a su Dirección de Patrimonio Cultural todo lo necesario para lograr la consumación de este empeño.

Y, finalmente, permítanme dedicarlo a la memoria de Eduardo y de Enrique, mis dos amigos queridos. Ellos, como dije hace un momento, están con nosotros y gozan de este momento tan importante en la persona de sus hijos, nietos y demás familiares. Agradezco también a dos grandes artistas cubanos, a Rosa Fornés y al maestro Luis Carbonell. Agradezco profundamente a Zoila Salomón, la viuda de Gonzalo Roig, el maestro que un día, inspirado en las calles de La Habana, estrenó en este teatro su obra inmortal Cecilia Valdés.

Muchas gracias.

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